Setecientos cincuenta
Dos pesos con cincuenta centavos paga el centro de acopio de la colonia Morelos por un kilo de cartón, dieciocho por uno de aluminio y ocho por uno de PET, cuatro si este último aún tiene rastros pegajosos de refresco en el fondo. En cuanto al cobre, ese vale ciento veinte pesos, pero debe estar pelado, sin el forro plástico que evita que te electrocutes. Marcelino siempre separaba los cables cobrizos apenas los encontraba, y los pelaba con su vieja navaja, su compañera, y la agilidad de un lince. Ya no era necesario vigilar la acción: sus manos hacían el trabajo solas. Mientras, el carrito de super que robó una madrugada lo esperaba recargado contra la pared, retacado de bolsas que aún faltaban por inspeccionar.
Doce años en las mismas calles, cada lunes, miércoles y viernes. Todo vecino del fraccionamiento Pedregales tenía un acuerdo tácito con él: sacar la basura a las cinco y media de la mañana, o antes, así Marcelino tendría tiempo suficiente para hurgar y apropiarse de todo aquello que pudiera vender; el camión pasa alrededor de las siete, y después de doce años ya eres consciente de que no perdona. En esa década y cachito, aprendió a distinguir qué bolsas valía la pena abrir y qué bolsas estaban llenas de mierda, literalmente. Aprendió que la plata tiene números tatuados, números que las joyas de fantasía no llevan, pues el costo incrementa y la premisa del negocio pierde todo sentido. Casi siempre, esos números son nueve, dos y cinco: novecientos veinticinco, la proporción exacta de plata pura sobre aleación que la ley mexicana exige para que algo pueda venderse como plata sin incurrir en un fraude.
Alejandra le mandó un mensaje un día antes, algo corto y aparentemente insignificante: la foto de un letrero mal escrito en un puesto que vende tiliches falsificadas, con las palabras “jajaja mira, para tu TOC con la ortografía”. Ella sabía que lo haría reír. Marcelino leyó el mensaje, sonrío, volvió a leerlo, escribió, borró, escribió y borró. La pantalla se apagó después de dos minutos de inactividad, y guardó el celular en la bolsa de su pantalón.
Esa mañana, ya iba por la bolsa número once, la que había agarrado en la casa verde de la esquina, la del perro que siempre ladra, la de la señora que estaba por mudarse a Guadalajara con sus hijos, según le había contado a Marcelino mientras le ayudaba moviendo los sillones hacia la entrada para que los de la mudanza “no anduvieran dando vueltas por toda la casa”. En esa bolsa, la once, entre cáscaras de mango, tickets del Aurrerá y demasiadas bolsas de té para una sola familia, encontró un joyero pequeño de terciopelo azul, ya descolorido, ya olvidado y sin vida. Adentro, un anillo que pesaba más de lo que su tamaño permitía asumir. “750”, encontró grabado en la parte interna. Setecientos cincuenta partes de oro puro por cada mil: un anillo de dieciocho quilates, la pureza más alta que se encuentra en joyería de uso diario.
El anillo había pasado la primera prueba: tener números inscritos; sin embargo, otra de las cosas que aprendió a las malas, fue a siempre cargar un frasquito con ácido nítrico diluido. El oro no reacciona a los ácidos comunes, mientras el fierro pintado espumea, humea y prácticamente chilla de dolor. El oro no le teme a lo que un triste pepenador carga en un frasquito: es de los metales más valientes. Marcelino dejó caer una gota en los números interiores, contando del uno al quince, los segundos necesarios para que inicie una reacción química. No pasó nada, que era exactamente lo que Marcelino quería que pasara: nada.
Alejandra trabajaba en la tienda de abarrotes que estaba justamente en la intersección de avenida Lomas de Cortés y calle San Salvador. Marcelino iba a comprar una botella de agua al terminar su día de trabajo, y llevaban casi dos meses hablando. Primero, de cosas de la tienda, de precios, de cómo aumentan y la vida se dificulta. Luego, de los hábitos y las manías que les hacen personas: morder el vaso de unicel al acabarse el jugo de naranja, pedir elotes con chile del que pica aunque no soporten el picante, temerle a las abejas aunque nunca les hayan picado. Alejandra le dio su número de celular escrito en un papel que arrancó de un cuaderno de la tienda. Marcelino guardaba el papel en su cartera sin saber exactamente por qué, si ya tenía el número en su celular.
Un anillo de dieciocho quilates, como este, podría venderse, según el precio del oro que Marcelino había consultado esa mañana, como todas las mañanas, en más dinero del que conseguiría en cuatro meses de separar cartón, PET y cobre pelado en toda la colonia.
Marcelino metió el anillo en el joyero viejo y olvidado, cerró la tapa lentamente y lo regresó a la bolsa, junto al mango en putrefacción y el resto de historias que contaba la basura de esa familia que pronto se mudaría a Guadalajara, y acomodó la bolsa en la esquina de la casa verde. El perro le ladró, como era de esperarse, y Marcelino brincó del susto. Conforme avanzaba hacia el horizonte, la campana que todo México reconoce ya venía doblando en la esquina, anunciando la colecta y apresurando a cualquier persona despistada que hubiese olvidado sacar la basura.
