N
La ecuación de Drake tiene siete variables. R*, la tasa de formación de estrellas en la galaxia. fp, la fracción de esas estrellas con planetas. ne, cuántos de esos planetas pueden sostener vida. fl, cuántos de esos desarrollan vida de hecho. fi, cuántos de esos llegan a vida inteligente. fc, cuántos de esos mandan señales al espacio. L, cuánto tiempo dura una civilización así antes de apagarse. Multiplicas las siete y te da N: el número de civilizaciones en la Vía Láctea con las que, en teoría, podríamos hablar ahora mismo.
Tomás está sentado en la tercera fila de sillas plegables de la funeraria López, con las manos sobre las rodillas, calculando R* con las estrellas que se forman cada año en la galaxia, entre una y tres, dependiendo de a quién le preguntes, mientras su tía Herminia llora contra el hombro de su prima Lupita a dos metros de distancia.
El ataúd de su madre tiene manijas doradas, de un dorado que no es oro sino algo llamado “acabado de latón satinado” en el catálogo que le mostraron ayer, y cuesta catorce mil pesos, el paquete básico más el servicio de cristiandad, sin cargo por traslado porque ella murió en el hospital que está a seis cuadras.
—Se acuerdan cómo hacía el mole —dice el tío Beto, no como pregunta—. Nadie le sacaba el secreto; se lo llevó.
Fp. La fracción de estrellas con al menos un planeta orbitándolas. Los últimos números del telescopio Kepler la ponen cerca de uno: casi todas las estrellas tienen algo dando vueltas alrededor; eso reduce el problema. El problema nunca fue si hay planetas, siempre sobraron planetas.
Su madre hacía el mole una vez al año, para el cumpleaños de su padre, y nunca escribió la receta en ningún lado, y Tomás, sentado ahí, intenta recordar el olor del comal antes de que le llegue el olor del incienso de la funeraria, y no le llega ninguno de los dos con claridad, solo la idea de que debería llegarle.
Ne. Planetas que pueden sostener vida. "Zona habitable”, la llaman, la distancia exacta a la estrella donde el agua no se congela ni hierve. La Tierra está justo en el borde interior de esa zona para el Sol. Un poco más cerca y seríamos Venus.
—Era muy trabajadora —dice alguien más atrás, una voz que Tomás no identifica sin voltear—. Hasta el último día se levantaba a las cinco.
Fl. La fracción de esos planetas donde la vida realmente aparece. Este es el número que nadie sabe, porque solo tenemos un ejemplo, la Tierra, y con un ejemplo no se calcula una fracción, sino una anécdota. Algunos biólogos dicen que la vida es casi inevitable en cualquier charco con la química correcta, otros dicen que fue un accidente tan improbable que puede no haber pasado en ningún otro lugar del universo observable.
Tomás no sabe cuál de los dos tiene razón, y llevaba dos años sin llamar a su madre más que uno que otro domingo, quince minutos, casi siempre hablando sobre el clima o sobre su hermana, y ahora intenta decidir si eso cuenta como un accidente improbable o como algo casi inevitable dado quiénes eran los dos.
Fi. Vida inteligente. En la Tierra la vida existe desde hace tres mil ochocientos millones de años. La inteligencia, la que construye radios y manda señales, lleva unos cien mil. Si comprimes toda la historia de la vida en la Tierra en un solo año calendario, los humanos aparecen el treinta y uno de diciembre, once de la noche con cincuenta y ocho minutos.
—Perdónenme —dice su padre, de pie junto al ataúd, con la voz partida—, pero yo no sé... no sé cómo voy a...
No termina la frase… aunque nadie espera que la termine. Alguien le pone una mano en la espalda.
Fc. La fracción de civilizaciones inteligentes que además decide, y logra, mandar señales detectables al espacio. No basta con ser inteligente: hay que querer que alguien más te escuche, y hay que tener la tecnología para intentarlo, y las dos cosas no siempre van juntas.
Tomás piensa que su madre nunca quiso que nadie más la escuchara, en el sentido en que lo dice la ecuación: no daba entrevistas al universo, cocinaba un mole una vez al año y se guardaba el secreto, que es lo opuesto exacto a lo que hace una civilización que manda señales de radio hacia Alfa Centauri con la esperanza de que alguien, algún día, la reciba.
—¿Ya vieron las fotos que trajo Lupita? —dice alguien, y pasan un álbum de mano en mano, tres filas de sillas plegables, y cuando le llega a Tomás lo sostiene el tiempo que tarda en pasarlo a la siguiente persona, sin detenerse en ninguna página en particular.
L. La última variable, la que decide todo. Cuánto tiempo dura, en promedio, una civilización capaz de comunicarse, antes de apagarse por guerra, por accidente, por agotar sus recursos, por cualquier cosa que apague las luces de un planeta entero. Si L es de diez mil años, hay decenas de miles de civilizaciones ahí afuera en este momento. Si L es de cien años, casi seguro estamos solos, no porque no haya vida, sino porque las ventanas de comunicación son demasiado cortas y quedan demasiado lejos unas de otras en el tiempo, como dos linternas que se prenden un segundo cada una, en habitaciones distintas, separadas por miles de años.
Esto se llama la paradoja de Fermi: si el universo es tan viejo y tan grande, y las cuentas dan que debería haber civilizaciones por todos lados, ¿por qué no hemos oído nada? El Gran Silencio. Sesenta y tantos años de radiotelescopios apuntando al cielo, y nada, ni una señal, ni un patrón, ni un error de transmisión ajeno.
Tomás lleva quince minutos sin oír lo que dice su tía Herminia, que sigue hablando, ahora con otra prima, sobre lo buena que era su madre para escuchar a la gente, y hay algo en esa frase, en “buena para escuchar”, que lo regresa un momento a la funeraria, a las sillas plegables, al ataúd con manijas de “acabado de latón satinado”, y entonces alguien más empieza otra historia y Tomás vuelve a L, a las linternas prendiéndose un segundo cada una en habitaciones separadas por miles de años, y piensa que si su madre fue una de esas linternas, él estuvo en otra habitación, y que eso tampoco es exactamente una tragedia, es solo la honestidad del asunto, la misma honestidad que explica por qué el cielo, de noche, se ve vacío aunque no lo esté.
El padre se pone de pie, dice unas palabras, agradece a los presentes. La funeraria López tiene un horario, y a las siete tienen que desalojar el salón para el siguiente servicio, el de un señor apellidado Barragán que Tomás no conoce y cuya familia ya está esperando afuera, en el pasillo, con un ataúd propio.
Se abrazan. Se despiden. Alguien dice que hay que estar juntos en momentos así, y alguien más dice que sí, que hay que estar juntos, y se van saliendo de dos en dos y de tres en tres hacia el estacionamiento, hacia sus coches, hacia sus casas, donde mañana va a haber otras cosas que hacer.
Tomás se queda al último, ayudando a doblar las sillas plegables porque alguien tiene que hacerlo y los de la funeraria ya están cargando el arreglo floral hacia el salón de al lado.
Afuera, el estacionamiento está casi vacío. El cielo, sobre la avenida, tiene esa claridad rara que a veces da el smog cuando el viento cambia. A simple vista, sin telescopio, sin contaminación lumínica de por medio, una persona puede ver entre dos mil y dos mil quinientas estrellas en una noche despejada. Aquí, con las luces de la avenida, quizá cuarenta.
Tomás cuenta doce antes de perder la cuenta la primera vez.
Empieza otra vez desde el semáforo de la esquina.
