Moras
El haiku clásico japonés no se mide en sílabas como el español, sino en moras, unidades de sonido más cortas que una sílaba completa, de modo que un poema de cinco-siete-cinco en japonés puede sonar, contado en español, falto de aire, con palabras que se quedaron cortas, y esto Rogelio lo sabía de un librito comprado de segunda mano en el tianguis del Chopo hacía nueve años, forrado ahora con cinta canela en el lomo porque el lomo original ya se había desprendido de tanto abrirlo siempre en la misma página, la que explicaba la diferencia entre mora y sílaba, mientras terminaba su turno de doce horas como velador en la bodega de llantas usadas de la calzada Independencia, sentado en una silla de plástico con la espalda contra el tambo de metal donde se juntaba el agua de lluvia.
A las seis diez de la mañana, cuando el muchacho del turno de día llegó a relevarlo oliendo a shampoo, Rogelio ya llevaba dos horas bebiendo el licor de caña que guardaba en una botella de agua mineral vacía, un truco que había aprendido hacía tanto tiempo que ya no recordaba de quién, y caminó las once cuadras hasta su cuarto de azotea con paso parejo; la costumbre podía más que el alcohol. Pasó frente a las tortillerías que apenas estaban subiendo la cortina, frente a la señora que barría la banqueta de la papelería y que ya no lo saludaba desde hacía como un año, desde que dejó de contestarle el saludo dos o tres veces seguidas sin darse cuenta.
En su cuarto, sobre la mesa donde también comía, donde también se afeitaba con un espejito de mano cuando se acordaba de afeitarse, tenía el cuaderno de pasta dura donde llevaba, según la numeración que él mismo les había puesto en la esquina superior derecha, mil ciento cuarenta y dos haikus escritos a lo largo de veintidós años, ninguno publicado ni leído por nadie más que por él mismo y, una sola vez, hacía mucho, por una mujer que se había ido de su vida antes de que él llegara siquiera al haiku número trescientos.
Kobayashi Issa, el poeta que más admiraba de todos los que había leído en las traducciones baratas que conseguía, perdió a cuatro hijos y a su primera esposa en el curso de pocos años, y siguió escribiendo haikus durante todo ese tiempo, algunos sobre pulgas, otros sobre caracoles o el rocío en la hierba. Tal vez el tamaño minúsculo de las cosas que elegía nombrar era la única forma que le quedaba de seguir de pie frente a algo tan grande como enterrar a sus hijos, uno detrás de otro. Rogelio tenía subrayado, en el librito forrado de cinta canela, el año en que a Issa se le murió el último hijo.
Sirvió lo que quedaba del licor de caña en el mismo vaso donde enjuagaba la navaja de afeitar, sin lavarlo primero, y al levantarlo se le resbaló de la mano contra el filo de la mesa; no se rompió el vaso pero sí se derramó casi todo sobre el cuaderno abierto, sobre el lugar del haiku mil ciento cuarenta y tres, el que llevaba en blanco desde hacía cuatro días esperando el siguiente poema, y Rogelio se quedó viendo cómo el alcohol se extendía sobre el papel rayado, oscureciéndolo y arrugándolo despacio desde el centro hacia las orillas, y en vez de limpiarlo, de salvar lo que se pudiera salvar, se sirvió lo poco que había quedado en el fondo de la botella de agua mineral, que no era mucho, apenas para mojarse los labios, y se lo tomó de un trago mirando la mancha.
El teléfono, un aparato con la pantalla rota desde la esquina inferior derecha, vibró sobre la mesa; era un mensaje del encargado de la bodega, el que le pagaba en efectivo cada quincena sin recibo ni contrato, diciéndole que ya no hacía falta que se presentara el lunes, que las cámaras nuevas habían grabado que se dormía casi todas las noches entre las tres y las cinco y que ya habían conseguido a otro muchacho más joven que cobraba lo mismo y no se dormía, que gracias por los servicios prestados. Esa fue la frase exacta: “servicios prestados”.
No contestó el mensaje. Dejó el teléfono bocabajo sobre la mesa, junto al cuaderno todavía húmedo, y se quedó sentado un momento con las manos abiertas sobre las rodillas, escuchando el ruido de un camión de gas que subía la calle anunciándose con el mismo pitido de siempre, ese pitido reconocible en cualquier parte del país, el pitido que llevaba pitando todas las mañanas desde antes de que Rogelio se mudara a ese cuarto y que seguiría haciéndolo mucho después de que él ya no estuviera ahí para escucharlo.
Buscó en el cuaderno una página en blanco, el espacio mil ciento cuarenta y cuatro, y escribió, contando las sílabas con los dedos de la mano izquierda contra el borde de la mesa, el único haiku que terminó esa madrugada.
Cava la copa
el mismo trago cava
fosa sin nombre
